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Nº179 - Marzo 2009
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Irving Fisher y la temida espiral deflacionista

“Over investment and over speculation are often important; but they would have far less serious results were they not conducted with borrowed money. The very effort of individuals to lessen their burden of debts increases it, because of the mass effect of the stampede to liquidate... the more debtors pay, the more they owe. The more the economic boat tips, the more it tends to tip”. Irving Fisher, 1933.

Irving Fisher es uno de los principales economistas norteamericanos de la primera mitad del siglo XX, por encima de Wesley Mitchell, J.B. Clark y Frank Taussig. Nacido en Saugerties, New York el 27 de febrero de 1867, se graduó y doctoró en la Universidad de Yale, donde trabajó como instructor en varias asignaturas, entre ellas matemáticas, aunque también fue un gran aficionado a la astrología y a la geometría.
En 1898 él estuvo a punto de fallecer de tuberculosis, experiencia que transformó su carácter, haciéndolo un gran defensor de la vida sana y al aire libre. Su falta de sentido del humor y su elevada opinión de si mismo hicieron que no fuera muy popular.

Irving Fisher realizó aportaciones muy abundantes y originales a la ciencia económica, proponiendo las curvas de indiferencia como método de análisis, o introduciendo la distinción clave entre flujos y stocks. También elaboró unos modelos mecánicos basados en depósitos de agua, bombas y tubos, para simular la circulación económica y financiera.  Ayudó a dar a conocer a la Escuela Austríaca en el mundo anglosajón, y defendió la necesidad de mantener un coeficiente de caja bancario del 100% para evitar las crisis. Sin embargo, fue también un gran defensor de la Teoría Cuantitativa del Dinero. En el campo de la estadística destaca su libro de 1922 sobre números índices, en el que propone lo que actualmente se conoce como “el índice de Fischer” que es una media de los índices de Laspeyres y de Paasche. Pero su prestigio decayó bruscamente cuando, un par de días antes del crack de 1929, publicó un artículo opinando que la bolsa había alcanzado un high plateau” del que nunca volvería a bajar.

De forma paralela a las evocaciones de los años 30, Fisher vuelve a estar de moda; ahora, como entonces, EE.UU. está virtualmente inundado de deuda, no importa tanto si es externa o interna, en manos de norteamericanos o dispersa a escala internacional. Conforme los colaterales subyacentes valen cada vez menos y se reducen las fuentes de ingresos, se percibe el verdadero alcance de los volúmenes acumulados de deuda. Conforme aumenta la morosidad, los bancos se debilitan, forzando a las ventas de activos, y reduciendo todavía más las cotizaciones. Fisher ya mostraba como una espiral deflacionista podría conducir hacia la depresión.

Aunque no suelen invocar a Fisher, los políticos están poniendo en práctica sus ideas. Durante su periodo académico Ben Bernanke, actual Gobernador de la FED ya mostró interés por sus teorías, sobre todo la referida a la espiral de la deuda deflacionista, investigación que ha encontrado su perfecto campo de pruebas en la crisis actual. El rescate del banco Bear Stearns en marzo de 2008 fue para evitar una escalada de caídas en el precio de los activos e impagos. De hecho, desde 2001 hasta 2004 contuvieron el shock salarial inflacionario, producto del desplome de las puntocom, y mantuvieron los tipos de interés bajos, al coste de alimentar una nueva burbuja, esta vez de los activos inmobiliarios.

Si Fisher estuviera vivo hoy en día, nos hubiera contado que hemos evitado la inflación a costa de alimentar la creación de deuda, y cómo nos debería preocupar el volumen acumulado de deuda interna1 . Sus modelos tratan de evitarlo, pero desafortunadamente, estamos frente a frente con sus demonios.

En 1984, durante un viaje a Suiza, asoció los cauces fluviales, torrentes y cascadas con los flujos financieros de liquidez y el circuito de circulación de los capitales entre la riqueza, los tipos de interés y las fuentes de ingresos.

En 1911, en su Teoría de la “Paridad del Poder Adquisitivo” Fisher formalizó la Teoría Cuantitativa del Dinero, mostrando como la oferta monetaria crece en función de la velocidad de circulación del dinero, la tasa a la que un dólar circula por el mercado es igual al output multiplicado por el nivel de precios. Pero quizás sea todavía más importante conocer su explicación acerca de cómo cambiando la velocidad de circulación del dinero y los precios podríamos desviar los tipos de interés reales con respecto de los tipos de interés nominales. De esta forma, las fuerzas monetarias podrían producir booms y crisis, aunque no tuvieran efectos en el largo plazo sobre el output. Además de ello, Fisher sostuvo que el valor del dólar debería ser calculado no con respecto al precio del oro, sino referido a una cesta de commodities, haciéndose el fundador de los moderna banca central, cuyo objetivo no es otro que el de la estabilidad de los precios (con el BCE como máximo exponente).

Durante los años 20, Fisher se hizo rico mediante la invención y venta de un sistema de ficheros, y en 1929 había acumulado 10 millones de dólares, que invirtió en bolsa. Por aquel entonces era considerado un verdadero gurú, influenciando a numerosas personas en sus procesos de inversión. A pesar del elevado coste económico que supuso la crisis para sus finanzas personales, Fisher continuaba siendo optimista a medida que avanzaba la Gran Depresión. Perdió todos sus ahorros e incluso su casa, y tuvo que vivir el resto de su vida de la caridad de su cuñada en Yale, pero continuó investigando. Y estuvo entre los 1.028 economistas que pidieron a Hoover poner fin al proteccionismo de las tarifas arancelarias Smooth Hawling.

En su libro publicado en 1933 “Econometrics” describía la espiral deflacionista de deuda como una secuencia de impagos de deuda, caída de precios de los activos y subida de los costes reales, más velocidad en la cadena de impagos, reducción de los ingresos netos y aumento de las quiebras bancarias, recorte de las líneas de crédito, venta de activos por parte de los bancos, crecimiento de la desconfianza. La deflación potenciaba las consecuencias negativas de la deuda, y en su opinión, terminar con la deflación requería el abandono del patrón oro, razón por la que lo solicitó en varias ocasiones a F. Roosevelt, alineándose en sus peticiones con J.M.Keynes.

Roosevelt devaluó el dólar tan pronto como fue nombrado Presidente de los Estados Unidos, en 1992 ayudando a finalizar el proceso de caída para la Gran Depresión, aunque la recuperación requirió todavía de un tiempo. Pero Fisher tuvo poca influencia en la decisión tomada por Roosevelt, ya que su reputación había caído tanto que se le ignoraba incluso en los círculos académicos.

Los críticos contemporáneos encontraron un fallo en su hipótesis de la espiral deflacionaria: los aumentos en la deuda real suponen peores situaciones para los deudores, pero los acreedores están en mejor posición, de manera que el efecto neto podría ser nulo según ellos. En 2007 Bernanke contaba como ”los colaterales facilitan la extensión del crédito”, justo antes de que estallara la crisis.

De cualquier modo, en los años 30 la caída del output y la caída de los precios aumentaron las cargas reales de la deuda, extendieron el impago entre los prestamistas, reduciendo su capacidad de aportar colaterales. Los cash flows de los prestamistas y la liquidez también se vieron afectados, aumentando los riesgos de los prestamistas, poniendo en marcha el denominado acelerador financiero2 .

La premura de los inversores por apoderarse de los valores más seguros del mercado, los bonos del Tesoro estadounidense, ha sido tal que en ciertos momentos estuvieron dispuestos a pagar por los papeles en lugar de recibir interés.

El sistema financiero de Estados Unidos parece un paciente en la unidad de cuidados intensivos. El cuerpo trata de luchar contra una enfermedad que se propaga, y al hacerlo entra en convulsiones, luego se calma, y se vuelve a convulsionar. Los médicos responden con tratamientos cada vez más invasivos, y ahora experimentan con remedios que nunca se habían utilizado. La Reserva Federal y el Departamento del Tesoro ya identificaron la patología: se llama desapalancamiento. Durante el auge crediticio, las instituciones financieras y las familias estadounidenses se endeudaron en exceso. Entre 2002 y 2006, los préstamos a los hogares crecieron a una tasa promedio anual de 11%, muy por encima del crecimiento de la economía. Las instituciones financieras hicieron lo mismo.

Ahora, muchos acreedores no pueden pagar los préstamos debido en parte al colapso en los precios inmobiliarios. Necesitan reducir su dependencia del dinero prestado, un doloroso proceso que puede ahogar el crecimiento económico y del crédito.

Al menos tres cosas tienen que suceder para que concluya el proceso de desapalancamiento. Las instituciones financieras necesitan admitir sus errores y asumir rebajas contables sobre los activos problemáticos que compraron con dinero prestado. También tienen que saldar sus deudas y, en tercer lugar, apuntalar su capital erosionado por las pérdidas de los activos problemáticos.

El proceso, sin embargo, produce un círculo vicioso. Tratar de vender los activos reduce su precio, lo cual hace que sean más difíciles de vender y lleva a que las firmas traten de vender más activos. Esto hace caer los precios de las acciones y dificulta que las empresas emitan nuevas acciones para recaudar capital.

La espiral deflacionista podría empezar aunque haya una inflación positiva siempre que caigan los precios de una forma inesperada. Por ejemplo, consideremos a un prestamista que espera una inflación del 1% y ofrece préstamos a tipos del 5%. Si en lugar de ello, la inflación cae al 1%, los tipos de interés reales subirán desde el 3% hasta el 4%, aumentando el riesgo de repago.

La deflación de activos supone un proceso parecido; si los precios de las viviendas suben un 10%, los compradores desearán prestar el precio total porque pronto la misma vivienda valdrá mucho más. Cada prestamista estará contento de realizar un préstamo por esta misma razón. Pero si los precios cayeran ese mismo 10%, la vivienda pronto valdría menos que el préstamo. Tanto el propietario de la vivienda como el prestamista se enfrentarían al mismo riesgo de quiebra.

Hoy por hoy, la deuda de los hogares en EE.UU. excluyendo tanto al gobierno como a las instituciones financieras supone un 190% del PIB, cifra que supone un máximo desde 1930, de acuerdo con las cifras del Bank Credit Analyst. Pero existen importantes diferencias entre entonces y ahora. La deuda fue menos al principio de la Gran Depresión, alcanzando un 164% del PIB. La deuda hipotecaria era relativamente modesta con respecto al valor de las viviendas, y los precios no estaban muy hinchados; entre 1929 y 1933 llegaron a caer un 24%, según afirma el consultor Edward Pinto, así que estaban en términos reales estaban casi planos. Las cargas para la deuda subieron por la deflación y ajustaron también el output; el PIB nominal cayó un 46% entre 1929 y 1933.

En la actualidad, las cargas soportadas por la deuda son muy altas debido a lo mucho que se ha prestado a lo largo de los últimos años. Esto es la respuesta lógica a la caída de los tipos de interés reales y la inflación baja, elevando los precios de los activos, haciendo parecer el endeudamiento menos peligroso. Pero el aumento del endeudamiento ha supuesto la facilidad del crédito y una sobrevaloración de las viviendas.

Incluso sin recesión, la caída del precio de las viviendas habría supuesto suficientes impagos como para desestabilizar el sistema financiero. La recesión solo ha empeorado la crisis; la deflación podría hacer un daño similar. Todos los índices de precios bajaron a finales de 2008 y también se redujo el precio del petróleo, pero la tasa de inflación subyacente, la cual excluye tanto la energía como los alimentos había caído en septiembre hasta el 1,8%. Goldman Sachs cree que esta caída llegará hasta el 0,25% en los próximos 2 años.

Esto es suficientemente bajo como para suponer una bajada de los salarios para numerosas familias y caída de precios en numerosas empresas. Una inflación más extendida y más elevada podría suponer que los precios de la vivienda podrían llegar a caer incluso más para restaurar el equilibrio en los ingresos familiares, creando otra ronda de impagos, quiebras y ejecuciones hipotecarias.

¿Cuál es la solución? Fisher afirmaba que “siempre es económicamente posible parar o evitar una depresión simplemente mediante una reflotación del nivel de precios por encima del nivel medio al que las deudas pendientes fueron contratadas”. Sin embargo, esta relación no es tan simple. Aunque estabilizáramos los precios nominales de las viviendas podríamos ayudar al circuito corto de la dinámica de la deuda deflación, ahora ocultado, de manera que cualquier esfuerzo por mantener los precios de forma poco realista (donde ellos todavía están en numerosas ciudades) está destinada a fracasar. Los niveles mayores de inflación podrían ayudar a reducir los precios reales de las viviendas en la medida en que permitan que los precios nominales de las viviendas se estabilicen, y reduzcan las cargas de deuda real. Pero la creación de inflación es más fácil de decir que de hacer: requiere afectar suficientemente a la demanda agregada como para compensar la falta de actividad económica existente, tanto mediante la política monetaria como la fiscal.

Aunque la Fed no espere la deflación, el último mes ya han dicho que la inflación podría permanecer durante un largo periodo por debajo de los niveles óptimos. Esta declaración pretende orientar las expectativas de los consumidores a esperar una inflación positiva, y hacer menos plausible la deflación dado que no existen medidas estandarizadas para evitar la deflación. En diciembre pasado el objetivo de corto plazo de tipos de interés rozó el cero y la regla nemotécnica de Taylor sugiere que debería estar seis puntos por debajo de esta cifra. Ahora la Fed trata de reducir los tipos de interés a largo plazo mediante medidas de política monetaria no convencionales (la compra de deuda hipotecaria o incluso deuda estatal) y se ha dado más protagonismo las políticas fiscales.

En 2002 Bernanke argumentaba que el gobierno podría generar inflación mediante la expansión directa de los programas de gasto público o la compra de deuda pública. Pero esta medida es poco probable, al orientar los flujos de capital hacia el dólar. La única manera de que esta medida funcione es si la realizan todos los países de forma uniforme, o mediante el establecimiento de controles de capital3 .

Si hoy tuviéramos a Fisher a mano quizás le podriríamos que revolviera el puzzle keynesiano de los pasillos de inestabilidad, ya que aunque la economía normalmente no es “inestable” en ocasiones puede ser un caos total (1929, 2008). Las investigaciones de Fisher referidas a la salud hablaban de cómo había que preservar el cuerpo evitando los focos de infección y veneno. En el contexto actual, una vez identificada la enfermedad (desapalancamiento) deberíamos ver los centros de contagio para el sector financiero, aislarlos y después tratar las áreas dañadas pero el desarrollo del sector financiero y la globalización han elevado la velocidad de propagación de la crisis, dificultando su posible cura.

Pero, desafortunadamente, Fisher murió el 19 de abril de 1947, un año después de Keynes, y siempre permaneció a su sombra. Quizás porque no llegó a escribir un manual general compilatorio de todas sus teorías, a la manera de la Teoría General de Keynes. Además de ello, la defensa por parte de Keynes de una agresiva política fiscal superó el alcance de los remedios estrictamente monetaristas de Fisher, aunque sus escritos permanezcan vigentes hasta nuestros días, y sean citados, de forma más o menos inconsciente por parte de los políticos. Sin ir más lejos, el pasado 8 de febrero Lawrence Summers, principal asesor presidencial de Obama, llamó la atención sobre la importancia de la rapidez de los estímulos fiscales para que no supongan la entrada en una espiral deflacionista potencialmente dañina.

“It is an ugly picture: the U.S. is in the midst of the worst housing downturn since the 1930s; the subprime mortgage crisis has spread through the credit markets like a virus, causing spiraling losses for lenders and borrowers; leading indicators for the developed economies are looking increasingly sick; and the major stock markets are struggling.  It is clear that significant monetary reflation is needed.”
Martin Barnes, dec 2007.

Notas al pie:
1 Dimand, R. Brock University (2005)
2 Bernanke, B. (2007)
3 Barnes, M. Bank Credit Analyst (2007)

Isabel Giménez Zuriaga
Directora General de la FEBF


 


Indicadores macroeconómicos internacionales



 Indicadores de coyuntura económica de la Comunidad Valenciana

(*) Tasa de variación sobre el mismo período del año anterior
(1) Sin alimentos no elaborados ni productos energéticos (dato de España
)


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