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De las subprime a los tipos de interés

De las subprime a los tipos de interés

Muchas personas se preguntan, y con razón, que tiene que ver la quiebra de un banco norteamericano especializado en hipotecas de alto riesgo con la caída de la bolsa y la subida de los tipos de interés. Simplemente, pudo ser la gota que colmó el vaso, y cuando al economía se descalabra, tarda un tiempo en recuperarse.

Lo cierto es que desde hace un tiempo ha proliferado en exceso el uso de vehículos estructurados por parte de las entidades financieras aligerar su balance. Estos vehículos han permitido trasladar fuera de balance grandes cantidades de deuda, buena parte de ellos con titulizaciones de bonos destinados a inversores institucionales. El abuso en la comercialización de este tipo de productos financieros en los mercados internacionales favorece que hoy en día resulte difícil estimar los riesgos reales asumidos, así como en manos de quién puedan estar. Razón por la cual las turbulencias se han contagiado rapidamente a escala internacional.

Los Collateralised Debt Obligations, también denominados CDOs, son vehículos estructurados que agrupan una cartera amplia de deudas con diferentes niveles de riesgo y remuneración divididos por tramos. Estos productos financieros están teniendo un gran protagonismo en la crisis financiera actual, provocada por el impago de las hipotecas de alto riesgo (subprime) en Estados Unidos.

Estos CDO, creados habitualmente por bancos de inversión, suelen incorporar calificaciones crediticias de las agencias de rating, al emitir bonos para financiarse que emplean como garantía sus activos (deuda). Estos son colocados entre inversores institucionales, como aseguradoras, fondos de inversión, y hedge funds. Estos últimos han estado entrando en los tramos de mayor riesgo, y en ocasiones han afrontado pérdidas, como los dos hedge fund valorados en 20.000 millones de euros que liquidó recientemente Bear Stearns.

Para complicar todavía más las cosas, existen vehículos aún más sofisticados que han estado tomando como respaldo los bonos de estas emisiones, con el uso de derivados, y empleando deuda para mejorar el retorno de sus inversiones. Las negociaciones de estos bonos se hace en un mercado privado entre entidades e inversores institucionales, con valoraciones periódicas de los activos. No obstante, estos mercados se han mostrado inoperativos en contextos de elevada volatilidad, como el vivido en agosto.

Ante la falta de demanda, la presión para deshacer posiciones en los tramos de deuda con mejor ráting ha propiciado un descenso de la valoración de los activos con más posibilidades de impago, aunque la tasa de morosidad de éstos esté en mínimos.

De esta forma, un problema surgido originariamente en la deuda subprime (producto específico de un segmento de la banca norteamericana) ha afectado a la demanda de otros tipos de deuda estructurada, como es la relacionada con las compras apalancadas realizadas desde el capital riesgo.

Esta situación ha provocado que cerca de 400.000 millones de dólares de financiación ligada a adquisiciones corporativas no haya logrado sindicarse entre entidades financieras, ni colocarse tampoco entre compradores hasta ahora habituales, como los CDO, imposibilitando nuevas operaciones, y elevando el coste financiero de las actuales.

Pero se supone que aunque los productos intermediados sean crecientemente complejos, la estructura del sistema financiero supone una salvaguarda de los derechos de los inversores, y la opinión pública señala como culpables a los reguladores, por posibilitar la proliferación de vehículos de inversores sin desarrollar una legislación acorde con los recién llegados y las agencias de calificación crediticia, que en sus análisis no alertaron de los crecientes niveles de riesgo asumidos hasta la quiebra de varios operadores.

Los mercados financieros se basan en la confianza, y ante el miedo de que las entidades financieras sean insolventes, los propios intermediarios, los supervisores y las agencias de calificación han endurecido las condiciones de préstamo, y la evaluación de la calidad de los activos.

El problema es que, ante entornos de elevada volatilidad, como el actual, las cotizaciones reflejan más miedo que realidad empresarial, y desgraciadamente, tampoco son buenos prescriptores, de manera que los inversores se encuentran con las manos atadas, pudiendo elegir entre vender con mercados inestables o esperar a que el sentido común vuelva a orientar las decisiones de inversión.

Desde la experiencia histórica, debemos recomendarle que mantenga sus posiciones, y no olvide que, en momentos de ajuste, se originan oportunidades de inversión, aunque ahora mismo, la coyuntura parezca muy negativa, y esperemos que las autoridades supervisoras y regulatorias aprendan a monitorizar más y mejor a las entidades financieras, que, por otro lado, presentan grandes diferencias entre unas y otras, no solo de riesgo de negocio, sino también a la hora de ejecutar su estrategia, orientar su crecimiento, conceder créditos y abrir hipotecas.

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