Share on facebook
Share on linkedin
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

Del amor al odio

En los últimos cuatro años, a la hora de solicitar una hipoteca, te ocurrían dos cosas: la primera, para adquirir una vivienda ibas al banco a solicitar la hipoteca correspondiente y te ponían un sinfín de trabas y unas comisiones y diferenciales abusivos, que hacían que en un momento dado pensaras en desistir; y la segunda, buscando el apoyo de amigos y familiares esperando comprensión por su parte, te decían “!Debes estar loco!, con la que está cayendo… ¿cómo te vas a comprar un inmueble?” Así que acababas peor que al principio.
Las hipotecas siempre habían sido uno de los productos estrellas de las entidades financieras, productos de activo que les reportaban un negocio considerable. Empezaron siendo un producto sencillo, un préstamo que aportaba como garantía un inmueble, y del que financiaban el 80% del valor de la tasación, había que devolver en plazo de entre 35-40 años y contaba con unas comisiones de apertura y estudio además de las típicas de Gestoría y Registro. En ocasiones contaban con una comisión de cancelación total o parcial. Posteriormente, los bancos las convirtieron en paquetes de productos que vendían con una serie de servicios añadidos que obligaban a los prestamistas a tener una vinculación de por vida con la entidad. Eso sí, con plazos de hasta 50 años y con financiación del 100% sobre el importe de la vivienda, aunque también aparecieron las cláusulas suelo en la mayoría de escrituras. Unos años después, este concepto evolucionó y las hipotecas se convirtieron en uno de los productos más rentables para los bancos, hasta que el sector inmobiliario entró en caída libre y la crisis se contagió a todos los sectores y estamentos de la sociedad.
Las entidades financieras habían financiado inmuebles de manera indiscriminada, obviando riesgo y garantías, lo que generó algo insólito en España: que los clientes dejaran de pagar sus cuotas hipotecarias, lo que generó un colapso en el sistema y una acumulación masiva de inmuebles en las entidades financieras. Los bancos se convirtieron en inmobiliarias improvisadas y entraron en un terreno desconocido para ellos teniendo que gestionar un stock de viviendas. Para ello, vincularon a esos pisos paquetes de hipotecas con condiciones más ventajosas que cualquier hipoteca solicitada en otra entidad. A raíz de esto, las entidades pasaron de conceder hipotecas a casi todo el mundo a no conceder a casi nadie.
Pero en los últimos meses, parece que esa tendencia se está invirtiendo y las entidades financieras vuelven a incluir las hipotecas en su catálogo de productos. La financiación hipotecaria empezó a reactivarse a finales del año pasado, ante la mejora del sector inmobiliario y de algunos datos macroeconómicos.
De hecho, muchas entidades están empezando a lanzar nuevas hipotecas con buenas condiciones, comisiones aceptables y diferenciales razonables. Muchas de ellas eliminan las cláusulas suelo y financian hasta el 100% del valor de la tasación, aunque como contraprestación exigen una fidelización del cliente a través de la contratación de productos como: seguros, domiciliación de recibos, tarjetas y, cómo no, la preciada domiciliación de la nómina, incorporando la novedad de exigir un mínimo de ingresos mensuales.
Las hipotecas vuelven para quedarse y la venta cruzada funciona como una herramienta básica en el proceso de comercialización de las entidades financieras.

Share on facebook
Share on linkedin
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email