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El «Efecto» Enero

Son multitud y diversos los métodos y las técnicas utilizadas para poder predecir la evolución futura de los distintos mercados bursátiles, incluso, son numerosas las creencias que rodean al mundo de la bolsa, acercando cada vez más la figura de los analistas financieros a la de aquellos alquimistas que hipotecaban su vida a la obtención de la fórmula mágica que convirtiera el plomo en oro.

En esta línea, surgen en la actualidad, como consecuencia del aprendizaje continuado desde los inicios de los mercados financieros, infinidad de escuelas de pensamiento, con diversas ramificaciones que desembocan en distintas corrientes de análisis.

Principalmente, se podrían destacar dos corrientes de pensamiento que constituyen los pilares para el análisis de los mercados. De este modo, el análisis técnico y el análisis fundamental proponen prismas distintos para un mismo fin; entender el mercado, para así anticiparse a él y poder obtener rentabilidades, pero siempre con una base teórica y financiera que los respalde. Si bien, es cierto que éstas son las dos vertientes comúnmente aceptadas, el hombre por naturaleza, o quizás por conducta aprendida, necesita creer, o mejor dicho necesita sentirse libre de pensamiento. Es en este escenario en el que las emociones juegan, en ocasiones, malas pasadas, dejando a un lado conclusiones de base científica como consecuencia de ciertas sensaciones que indican lo contrario, y aunque todos aprendemos que a la hora de analizar conviene dejar apartadas las emociones, parece que a menudo no resulta tan sencillo doblar y guardar los sentimientos en un cajón.

Es aquí donde surgen infinidad de teorías, que en algunos casos rozan la posibilidad de ser catalogadas como profecías, dada su escasa o nula base científica. Entre éstas, destacan las oscilaciones de las cotizaciones fruto de los ciclos lunares, cuya existencia nadie pone en duda, pero sí su relación con los mercados, ya que por más que dichos ciclos puedan afectar al estado anímico de los inversores, los profesionales del sector, toman sus decisiones en base a argumentos coherentes, con solidez científica, apartando su lado emocional a otra habitación, con la intención de operar desde una esfera lo más objetiva y siempre humanamente posible. Otros mitos y leyendas de análoga índole son teorías como las ondas de Elliot, los lunes negros o el efecto enero entre otros, todas ellas cargadas de misticismo y, en ocasiones, reforzadas con estudios estadísticos.

Es el caso del “efecto enero”, sobre el cual se han realizado estudios de carácter académico en diversas universidades. Dicho efecto consiste en calificar, generalmente analizando la primera quincena de enero, un ejercicio alcista o bajista como consecuencia del comportamiento del mercado en las primeras sesiones del año. Así, en caso de obtener rentabilidades positivas en los primeros días del año, el ejercicio será clasificado como alcista. En este sentido, investigadores llevan analizando este fenómeno desde mediados del siglo XX, concluyendo la existencia de significatividad estadística de este suceso.

Parece existir una razón lógica de este comportamiento, basada en la preocupación de los inversores por posicionarse de forma correcta al inicio del ejercicio natural. De este modo las primeras sesiones recogen las expectativas de los mismos para el ejercicio inmediato. Por lo tanto, se entiende que si durante las primeras sesiones, el mercado responde al alza, será indicativo de expectativas positivas para los inversores durante el ejercicio entrante, dado que en caso contrario y, de esperar un ejercicio negativo, se posicionarían en el lado contrario.

Aunque la historia reciente respalda esta teoría, también hay que mencionar que el movimiento natural del mercado a largo plazo es al alza. Por ello, existen más ejercicios positivos que negativos, aunque en los ejercicios de rentabilidad negativa las correcciones suelen ser más pronunciadas. A ello hay que añadir aquello de “comenzar con buen pie el año”, es decir, fruto una vez más, de las creencias comúnmente aceptadas por la sociedad, “lo que mal empieza, peor acaba”. Por lo que si se unen ambas circunstancias, efectivamente parece existir relación entre los buenos comienzos bursátiles y la rentabilidad final del ejercicio.

Es en este capítulo de las costumbres, donde hay que parar a reflexionar, ya que como dijo Albert Einstein en su día, “es más fácil romper un átomo que romper un prejuicio humano”. Por lo que si bien es preferible comenzar bien el año, no necesariamente tiene que acabar éste como uno quiere. Y es que, siempre es aconsejable tomar decisiones con una base coherente y sostenible, las cuales a menudo son costosas, densas y sofisticadas, cuyo manejo requiere de años de trabajo, constancia, dedicación y continuo esfuerzo y aprendizaje. Todo ello, frente a colocar nuestras inversiones en manos de teorías poco fundamentadas, dejándonos llevar por las emociones, que nos dictan que alguna vez en el pasado ocurrió tal circunstancia, sin atender al entorno actual que nos rodea, el cual puede ser significativamente distinto a aquél en el que ocurrió dicha circunstancia. Además existen teorías de gran potencial estadístico, como la teoría del paseo aleatorio que advierte que los datos históricos no proporcionan información sobre el futuro, es decir que pese a que pueda darse en el pasado, que tras comenzar el ejercicio en positivo, la rentabilidad final del mismo fuese del mismo signo, esto no va a garantizar que el siguiente año se vayan a describir comportamientos similares.

Por lo tanto es necesario realizar nuestros análisis con la máxima precaución y siempre atendiendo a la realidad de hoy, ya que como bien es sabido por todos, rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras.

Parece ser cierto que existe un efecto especial en enero, al igual que otros como el rally de fin de año, pero hay que tener mucha precaución con tomar este tipo de creencias por algo que no lo son, ya que hay que recordar que el mercado financiero en general es extremadamente complejo, por lo tanto, parece desproporcionado afirmar que los primeros días del año son determinantes para dictaminar la evolución del ejercicio. Hay que recordar, que nos encontramos en una tendencia primaria bajista, en uno de los momentos más turbulentos de la historia de los mercados financieros, y hace falta mucho más que el efecto enero para confirmar un cambio de tendencia por muy positivo que éste comience.

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