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La campaña de rebajas de los fondos soberanos

La entrada masiva de los fondos soberanos de Oriente Medio (petrodólares) y Asia (superávits comerciales) en grandes bancos ha sido recibida con alegría en medio de la grave crisis actual, pero se trata de operaciones muy arriesgadas que pueden resultar caras a las autoridades occidentales.
Los fondos soberanos están aprovechando la crisis crediticia para acelerar su entrada en el capital de grandes empresas europeas y estadounidenses. Sólo en enero y febrero de 2008, estos fondos estatales, procedentes de países emergente como China, Singapur, y Oriente Medio han invertido 24.400 millones de dólares en compras en el extranjero. Una cifra que supone más de la mitad de lo invertido en todo 2007, un total de 48.500 millones de dólares . Aunque han entrado en todo tipo de compañías, dada la coyuntura, se han decantado especialmente por las entidades bancarias, tocadas por la crisis de liquidez. El fondo de Abu Dhabi ha invertido 7.500 millones de dólares en Citigroup, el de Singapur ha puesto 9.740 millones en UBS y 6.200 millones en Merrill Lynch, y el de China ha destinado 3.000 millones a Blackstone y otros 5.000 millones a Morgan Stanley, por poner sólo los ejemplos más llamativos.
Después de algunas tentativas fallidas, como la compra de los puertos de EEUU por parte de Dubai el año pasado (una operación inaceptable políticamente para Washington), han permanecido, en general, por debajo de la altura del radar. Y las operaciones bancarias antes citadas no parecen amenazadoras: son participaciones minoritarias sin asientos en el consejo y que inyectan un capital que las entidades necesitan desesperadamente en estos momentos. Preocupados por la crisis inmobiliaria o las amenazas de quiebra bancarias no abundan las voces críticas ante las dictaduras imperantes en los países de origen de estos fondos.
Es más, estos vehículos se han aliado con los inversores institucionales de moda, los “hedge funds” y el capital riesgo, configurando según Mc Kinsey los nuevos power brokers de los mercados financieros internacionales, para hacerse con un pellizco de los ingentes volúmenes manejados por estos Gobiernos. En todo caso, los gestores de inversión prefieren a priori a los fondos soberanos (inversores pacientes a largo plazo y silenciosos) que a un fondo activista, más interesado en rentabilidades a corto y medio plazo que obligan a vender, trocear, fusionarse, etc.
Pero esto puede cambiar en cuanto la crisis empiece a remitir. Si los políticos se muestran recelosos con el capital riesgo por su opacidad y sus ventajas fiscales, deberían preocuparse en mayor medida por unos fondos domiciliados en otros países, que no solamente persiguen el objetivo de ganar dinero, como el capital riesgo. Sus motivos (bajo la piel de cordero) pueden ser muy distintos, al ser vehículos gubernamentales de países nada democráticos. Y además, está la duda de si estos fondos mantendrán su prometida pasividad, especialmente si empiezan a sufrir pérdidas en sus posiciones. No todos los fondos son iguales -aunque en apariencia parezcan similares- y no todos se van a comportar igual.
Entretanto, la administración Bush acaba de dar un importante paso en el control de los fondos soberanos, alarmados por la velocidad con la que avanzan en los mercados occidentales. En concreto, ha logrado que los vehículos inversores de los gobiernos de Singapur y Abu Dhabi (Emiratos Arabes Unidos) se comprometan a renunciar formalmente al establecimiento de “metas geopolíticas” para sus inversiones en el país. Ambos países han accedido de forma explícita a aumentar la transparencia de sus operaciones, y a olvidarse de realizar operaciones que pudieran tener un trasfondo político.
El ejecutivo estadounidense espera que este compromiso sirva de ejemplo para otros fondos, pero parece que no será un camino de rosas. China y el Golfo Pérsico ya han mostrado sus reticencias. Sus Gobiernos han tachado el código de innecesario y de intrusivo para sus negocios.
Pero la medida más contundente es la prevista desde Alemania. Según informaba el Wall Street Journal, el Ejecutivo de Angela Merkel tiene previsto aprobar una ley que otorga al Gobierno derecho de veto sobre cualquier compra de una empresa alemana por parte de un inversor estatal extranjero, e incluso sobre la adquisición de empresas foráneas que posean participaciones en compañías germanas. Oficialmente, se trata de una medida excepcional que se aplicaría sólo en sectores estratégicos, pero el borrador no especifica cuáles son estos sectores. Las presiones de la Comisión Europea le han obligado a excluir a los inversores de otros países de la UE, pero la norma sigue adelante.
El IESE, por su parte, ha emitido un informe en el que considera que los recelos se centrarán en aquellos fondos «que no sean transparentes o que efectúen inversiones en las que alcancen participaciones con posibilidades de control, sobre todo en aquellas empresas que operen en sectores regulados o hayan estado en manos del sector público, o bien las inversiones realizadas por aquellos Estados que puedan ser percibidos como hostiles».
Sin embargo, existe otro riesgo muy importante si se vetan sus inversiones: cerrar los mercados a un capital extranjero que es muy necesario en estos momentos, en especial para el vapuleado sector financiero. Es decir, si los fondos soberanos no entran en bancos, ¿quién lo hará? Por consiguiente, los Gobiernos deben buscar un equilibrio muy cuidadoso a la hora de lidiar con estos fondos; de ahí que la UE haya empezado a buscar líneas comunes para definir los límites que se les deben imponer en términos de sectores en los que pueden invertir, grado máximo de participación y de involucración en la gestión, y nivel de transparencia de los vehículos.
La entrada masiva de los fondos soberanos en bolsa en busca de mayores rentabilidades -hasta ahora invertían casi exclusivamente en deuda pública- ha hecho hablar a muchos analistas de “sovereign put”: la confianza en que estos fondos acudirán al rescate de cualquier compañía con problemas, lo que evitará grandes caídas de la bolsa. Es decir, existe un seguro que permite invertir con la seguridad de no sufrir grandes pérdidas, un “put” como el asignado en su día a Greenspan o al capital riesgo.
Pero si se generaliza este veto por parte de los países occidentales, se quebrará esta confianza. Además, otros expertos señalan que los fundamentos de la teoría del “sovereign put” son débiles: el tamaño de estos fondos no es tan grande frente al conjunto del mercado, buena parte de sus inversiones deben ser locales, y el crecimiento de sus reservas se frenará si EEUU entra en recesión.

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