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La inversión de impacto como palanca de cambio global

El Pacto Mundial de las Naciones Unidas define las inversiones de impacto como “la colocación de capital en empresas sociales y otras estructuras con la intención de crear beneficios sociales y medioambientales más allá del rendimiento financiero”. La inversión de impacto optimiza el riesgo, el retorno y el impacto para beneficiar a las personas y al planeta, a través de la definición de unos objetivos sociales y/o medioambientales concretos y de la medición de dichos objetivos. A partir de esta definición, que acomoda estrategias de inversión muy diversas, el sector de la inversión de impacto ha crecido de manera exponencial a escala global en los últimos años, hasta alcanzar los 715.000 millones de dólares en 2020, según datos de la Global Impact Investing Network (GIIN). En esta cifra, se incluyen inversores que buscan rentabilidades de mercado y otros que aceptan niveles inferiores de rentabilidad ajustada al riesgo para maximizar el impacto social; inversiones tanto en deuda como en capital; tanto en microfinanzas como en energías renovables, salud o agricultura sostenible; tanto en países desarrollados como en vías de desarrollo, e inversores que pueden ser gestoras de fondos, entidades financieras, fundaciones o particulares.

Lo cierto es que la inversión de impacto, considerada en su origen como  inversión de nicho, es cada vez más popular. Los últimos años hemos asistido a una creciente concienciación sobre el potencial impacto económico de los riesgos medioambientales y sociales. De hecho, el Informe Anual de Riesgos del Foro Económico Mundial elaborado por Marsh para 2020 ha sido claro en este sentido. Incluía una encuesta sobre los riesgos mundiales percibidos como los más probables y los más perjudiciales. En la última década, los riesgos económicos, como las burbujas de activos, han sido superados por los riesgos medioambientales. Y, por primera vez, los problemas relacionados con el clima dominaron los cinco riesgos más probables a largo plazo.

En el informe de 2021, las preocupaciones relacionadas con el Covid-19 entraron comprensiblemente en los cinco primeros puestos. No obstante, los riesgos relacionados con las condiciones meteorológicas extremas y la pérdida de biodiversidad siguieron ocupando un lugar destacado.

Además, cada vez somos más conscientes de que los riesgos medioambientales y sociales están intrínsecamente ligados a los problemas económicos. Esta vinculación se ha visto reflejada en los mercados financieros, que en los últimos años han hecho que el concepto de ESG deje de ser un ejercicio de selección de casillas y se convierta en un enfoque de inversión generalizado.

A medida que un mayor número de empresas valora cómo los riesgos medioambientales y sociales pueden traducirse en graves sanciones legales o en pérdidas de clientes, también se ha producido un cambio notable hacia inversiones más «verdes» y empresas consideradas líderes en ESG. En muchos casos, esto está impulsando las valoraciones.

Si comparamos los factores ESG con otros temas seculares anteriores, estos factores están todavía en una fase bastante temprana en términos de «territorio de burbuja» en relación con las burbujas puntocom o subprime. Además, el apoyo político tangible respalda las expectativas de demanda. Según un análisis de Bloomberg New Energy Finance, las 50 principales economías del mundo están invirtiendo 583.000 millones $ para impulsar los esfuerzos ecológicos.

Prevalece el optimismo y la creencia de que los factores ESG no están en terreno de burbuja. Por el contrario, parece que hay un cambio fundamental en la forma en que el mercado percibe los riesgos ESG y recompensa las oportunidades ESG.

Por su parte, la inversión de impacto va más allá de la mera inversión responsable; su objetivo es obtener resultados medioambientales y/o sociales positivos junto con un rendimiento financiero. Al asignar capital para abordar problemas medioambientales o sociales importantes, las empresas que ofrecen soluciones a estas necesidades desatendidas están aprovechando una demanda insatisfecha.

La inversión de impacto ofrece a los inversores el atractivo de un doble resultado potencial: un impacto positivo medible junto con un rendimiento potencialmente sostenible.

A lo largo de los años, hemos asistido a un incremento de los esfuerzos del sector financiero para promover la inversión de impacto. Esto incluye el trabajo del PRI (Principios para la Inversión Responsable), la Red Global de Inversión de Impacto, Bridges Ventures y muchos otros. Estos esfuerzos por educar y crear un lenguaje común están empezando a dar sus frutos. Y el mercado es cada vez más consciente de que, si bien cuestiones como el cambio climático constituyen riesgos importantes, también son oportunidades.

Todo este trabajo conjunto ha provocado un aumento de la demanda y de la entrada de capital, especialmente en el sector de la renta variable, donde la inversión de impacto está más consolidada.

Según grandes gestoras de inversión con enfoque de sostenibilidad como Aberdeen, la inversión de impacto es una fuente potencial de alfa. Además, las tendencias ESG vislumbradas a lo largo de los últimos cuatro años se acelerarán; no sólo porque la inversión ESG es lo «correcto», sino porque existe un incentivo financiero importante. Esto incluye la regulación, los cambios en los patrones de consumo o la evolución de la industria para responder proactivamente a los riesgos sociales y medioambientales a los que nos enfrentamos.

Además, las cifras respaldan esta opinión. Tomemos, por ejemplo, la encuesta de inversores de la Red Global de Inversión de Impacto 2020. Este análisis incorpora las opiniones de casi 300 inversores de impacto líderes que gestionan colectivamente más de 400.000 millones $ en activos de inversión de impacto. De los encuestados, el 88% dijo que los retornos financieros estaban en línea o por encima de las expectativas.

Con todo, siguen existiendo obstáculos. Dos de los más acuciantes son la medición y la presentación de informes, y la forma en que éstos varían entre las distintas clases de activos.

En el caso de la renta variable cotizada, las inversiones se dirigen a empresas cuyos productos o servicios contribuyen a un cambio positivo, ya sea medioambiental o social. En comparación con los mercados privados o los «bonos verdes», los inversores tienen menos poder de decisión sobre los parámetros de impacto a los que se apunta y sobre los que se informa. Más bien, dependen completamente de la información corporativa y de su compromiso regular.

Además, tampoco parece existir consenso sobre cómo medir e informar sobre el impacto. Esto significa que diferentes estrategias de impacto cuentan con diferentes métricas de impacto. Las empresas, a menudo, se quedan cortas con los datos que proporcionan. Por eso parece necesario que el sector normalizar la información y mejorar la calidad de los datos, no se trata tanto de cantidad como de calidad.

Los diferentes agentes financieros están ante una gran oportunidad. A medida que los inversores de impacto del mercado privado puedan ejercer más influencia o control sobre las estrategias de inversión, la inversión de impacto en empresas cotizadas podrá influir, cuestionar y cambiar la forma de pensar y de comportarse de las empresas, tal y como ha sucedido con los factores ESG y el fondo soberano de Noruega. Las reuniones periódicas con los equipos directivos, las opiniones constantes y el activismo accionarial ayudan a mejorar la información, a exigir responsabilidades a las compañías y a lograr el cambio.

Una de las grandes preguntas en torno a la inversión de impacto es si se debe adoptar un enfoque activo o pasivo: la respuesta parece clara. La inversión de impacto no sólo pretende evitar daños y beneficiar a las partes interesadas, sino que también busca contribuir a proporcionar soluciones positivas. Por lo tanto, el nivel de análisis requerido significa que no puede realizarse de forma pasiva.

La inversión de impacto requiere un análisis profundo de los problemas globales y la identificación de posibles soluciones. También implica un seguimiento continuo de la inversión, tanto desde el punto de vista financiero como para garantizar el cumplimiento de los hitos de impacto. La medición sólida del impacto es vital, así como la consideración detallada de la desinversión ética.

El compromiso activo es también una parte crucial de cualquier estrategia de impacto, e incluye animar a las empresas que cotizan en bolsa a mejorar su gobernanza o su enfoque de las cuestiones medioambientales y sociales. Y la gestión activa ayuda a los inversores a utilizar el poder de voto en las asambleas generales para ejercer su influencia. 

La denominada inversión de impacto se basa en tres principios. En primer lugar, el propósito de la estrategia debe ser generar un impacto social o medioambiental positivo a la vez que ofrecer rentabilidades atractivas. En segundo lugar, debe existir una relación causal entre la inversión y el impacto generado. Por último, el impacto social o medioambiental debe ser identificable y ha de comunicarse para garantizar la transparencia y la rendición de cuentas a los inversores.

Para calificar que una estrategia de inversión es de impacto es necesario que la inversión se centre en abordar problemas medioambientales y sociales acuciantes, y es aquí donde los objetivos de desarrollo sostenible (ODS) de la ONU se utilizan como marco internacional reconocido y creíble.

Los 17 ODS globales se crearon con motivo de la Asamblea General de la ONU en 2015 como medio para alcanzar un futuro mejor y más sostenible en 2030. Cada objetivo se enfoca en un área determinada, como eliminar la pobreza, reducir los residuos, proporcionar acceso a una educación de calidad y actuar para frenar el cambio climático.

Aunque puede que muchas inversiones tengan cierta relación con un tema social o medioambiental, eso no significa necesariamente que cumplan los criterios de la inversión de impacto. Por ejemplo, la inversión de impacto en recursos hídricos supone financiar proyectos relacionados con la eficiencia hídrica o la calidad del agua, no invertir en agua embotellada. La inversión de impacto en el sector agrícola significa invertir en seguridad y sostenibilidad alimentaria, y no en futuros de materias primas.

A la hora de formular una estrategia de inversión de impacto en mercados ilíquidos, los gestores se aseguran previamente de que son capaces de medir directamente el impacto de una inversión y demostrar una causalidad entre la inversión y el impacto generado.

Los criterios para la inversión de impacto en mercados cotizados obedecen a una lógica similar. No obstante, demostrar una causalidad entre la inversión y el impacto resulta más difícil en los mercados secundarios a menos que las inversiones se realicen para proyectos concretos, como por ejemplo en el caso de los bonos verdes.

Dado que el acceso al capital a través de valores cotizados resulta esencial para muchas empresas cuyos productos, servicios y actividades generan un impacto medioambiental y social positivo, también hay margen para la inversión de impacto en este ámbito. La implicación en las empresas en las que se invierte constituye una poderosa herramienta para propiciar una relación más estrecha entre la inversión en renta variable, o en bonos, y unos resultados positivos.

Además de las ventajas financieras, una estrategia de impacto diversificada puede, simultáneamente, repercutir positivamente en múltiples ámbitos. Por ejemplo, invertir en una central de generación combinada de calor y electricidad para mejorar la eficiencia energética puede brindar acceso a energía asequible y limpia (ODS 7), contribuir al desarrollo de industrias, innovación e infraestructuras sostenibles (ODS 9) y promover un consumo y una producción responsables (ODS 12). La capacidad de aplicar los ODS de forma más amplia permite a los inversores entender los proyectos desde la perspectiva de sus ámbitos de acción.

Si bien los ODS ofrecen muchas ventajas, resulta difícil utilizarlos para medir el impacto o incluso como marco absoluto para la construcción de carteras. Es por ello que medir indicadores clave (KPI) de impacto específicos de los proyectos como parte esencial de las estrategias de inversión. Estos KPIs de impacto se utilizan en decisiones de inversión y para establecer pautas de reporting continuo.

En definitiva, el uso de los ODS ofrece una ruta atractiva a los inversores que quieren contribuir a mejorar el mundo, pero la definición de los criterios que se deben tener en cuenta y de los procesos de medición requieren todavía de un desarrollo más pormenorizado. 

A medida que el panorama cambia, el sector de la inversión está mejor preparado para adoptar la inversión de impacto y para reconocer que las empresas que aportan soluciones a diferentes riesgos mundiales tienen la oportunidad de obtener beneficios. Siguen existiendo retos, pero, a medida que el mundo los aborde con mayor diligencia, la inversión de impacto se consolidará como una de las piedras angulares de la inversión sostenible.

Isabel Giménez Zuriaga

Directora General

Fundación de Estudios Bursátiles y Financieros.

Publicado en: Boletin 318- Noviembre

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