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NubaRRones de recesión

“Although the federal funds rate is now close to zero, the Federal Reserve retains a number of policy tools that can be deployed against the crisis. One important tool is policy communication. Even if the overnight rate is close to zero, the Committee should be able to influence longer-term interest rates by informing the public’s expectations about the future course of monetary policy.” Ben Bernanke. Chairman of the USA Federal Reserve.

At the London School of Economics Stamp Lecture Jan. 13, 2009.

 

Tal y como nos detallaban en un especial de 10 páginas en The economist del pasado 13 de octubre, las políticas monetarias no convencionales y los Bancos Centrales pueden complicar la próxima recesión. En 2017 los mercados financieros vivían un momento dulce con aceleración económica sincronizada -excepto en UK- en los países avanzados y la mayoría de emergentes. El comercio global y EE.UU. crecían con optimismo.

En 2018 la foto es muy diferente: China puede caer en deflación, e incluso la Eurozona presenta farolillos rojos. La segunda quincena de octubre los mercados financieros cayeron por segunda vez este año ante la preocupación de los inversores ante la ralentización del crecimiento y los efectos del endurecimiento de la política monetaria en EE.UU.

En 2018 el problema de la economía mundial ha sido un momentum inesperado. El Presidente Donald Trump recortó los impuestos generando un crecimiento trimestral del PIB por encima del 4%, y su tasa de desempleo es la más baja desde 1969, pero rl Fondo Monetario Internacional piensa que en el resto de economías avanzadas el crecimiento se reducirá, y los mercados emergentes también se tambalean.

Esta divergencia entre EE.UU. y el resto de países no sólo radica en su crecimiento, también en su política monetaria. Desde diciembre de 2015 la FED ha elevado los tipos de interés 8 veces, pero en Europa falta mucho tiempo para que el Banco Central Europeo suba los tipos de interés, y en Japón los tipos de interés son negativos. El principal objetivo de la guerra comercial de EE.UU es China, por haber relajado su política monetaria en apoyo de su maltrecha economía.

EE.UU. ha elevado sus tipos de interés de forma unilateral, fortaleciendo el dólar y dificultando la respiración en los países emergentes que pagan su deuda en dólares. El auge del billete verde ha complicado la existencia en Argentina y Turquía, y a finales de octubre Pakistán pedía el rescate al Fondo Monetario Internacional.

Conviene recordar que hoy en día los países emergentes representan el 59% del PIB mundial (medido como paridad del poder adquisitivo), mientras que hace dos décadas, cuando tuvo lugar la crisis financiera asiática, apenas suponían el 43%. Si su crecimiento económico renqueara, esta desaceleración afectaría a las economías avanzadas. Además de ello, en el continente europeo las dificultades por las que atraviesa Italia también pueden tener consecuencias negativas.

La buena noticia es que los sistemas financieros (bancarios) en los países avanzados son más fuertes que hace una década, y la posibilidad de una recaída tan severa como la de 2008 es baja.

Las economías emergentes generan pérdidas en los inversores, pero sus indicadores de producción se mantienen en pie. Sin embargo, la guerra comercial norteamericana ha causado un daño severo, incluso en China. El boom de EE.UU. ofrece margen para evitar la recesión conforme disminuyan los estímulos fiscales y suban los tipos de interés, a pesar de su ciclo inusualmente prolongado de crecimiento (más de una década).

La mala noticia es que los países avanzados –Eurozona y Japón- no están preparados para una recesión, aunque sea suave, en parte porque todavía están bajo su propio ciclo de política monetaria excepcional (QE). A lo largo de los últimos 50 años durante las recesiones la FED ha rebajado los tipos de interés en el entorno del 5%, pero en Japón y la eurozona hoy apenas hay margen de recorte de tipos de interés por estar cercanos a cero.

Como posibles opciones, los Bancos Centrales podrían ampliar el Quantitative Easing (QE) para comprar activos con las recientemente creadas reservas de los Bancos Centrales, pero la eficacia de la heterodoxia monetaria está en el ojo del huracán. Si se mostrara neutralizada, podría radicalizarse todavía más, bajando un último escalón para ofrecer dinero directamente a los individuos, con el consiguiente aumento del gasto público. Tal y como defendía Keynes, incluso países con deuda elevada podrían beneficiarse de este estímulo fiscal ante el miedo a la recesión.

La cuestión es si el uso de esta política monetaria “desesperada” pudiera ser un arma de destrucción masiva (con externalidades negativas), y por tanto, políticamente aceptable. Los Bancos Centrales entrarían en la próxima recesión con un desequilibrio fiscal desproporcionada con respecto a sus estándares históricos. Por ejemplo, en la FED ya supone más del 20% del PIB de EEUU.

Los detractores del QE dicen que distorsiona los mercados y genera burbujas financieras, entre otras cosas. Si a estas alturas se reactivara el QE habría un descontento mucho mayor. su carácter controvertido sería particularmente cuestionado en la Eurozona, donde el Banco Central Europeo se ha puesto un límite de compra del 33% de la deuda pública.

A pesar de los argumentos económicos los estímulos fiscales podrían generar oposición política. La mayor fuente de preocupación es la Eurozona, porque los alemanes y otros países nórdicos se oponen a continuar con estímulos monetarios, temiendo enfrentarse a deudas impagadas si quiebra un solo país (y la sombra de Italia está muy presente). Esto restringe la capacidad de endeudamiento para evitar potenciales abusos, pero esterilizaría también el posible efecto paliativo de los estímulos.

EE.UU. es más proclive al gasto, pero ha aumentado su déficit por encima del 4% del PIB, con la economía ya recalentada. Si la necesidad de aumentar el déficit fuera superior a la de caer en una recesión, habría un conflicto de políticas macroeconómicas.

La política es un obstáculo incluyo mayor para la acción internacional, funciono con carácter excepcional para la crisis del 2008, pero hoy por hoy EE.UU no comparte el resfriado europeo ni el japones. Ademas de ello, el auge populista complicaría todavía más las tareas de armonización internacional. Si La FED cerrara filas frente a otros Bancos Centrales impidiendoles pedir prestados dólares a EE.UU, generaría un gran foco de tensión. Las divisas en crisis podrían generar tensiones comerciales. a finales de octubre pasado el Secretario General del Tesoro alertó a China contra las “devaluaciones competitivas”. Ante un crecimiento fuerte en EE.UU, Trump puede los inconvenientes de los déficits comerciales, y si la demanda cayera, la tentación de endurecer las medidas proteccionistas para estimular la economía será todavía mayor.

Actuar a tiempo podría evitar algunos peligros. Los Bancos Centrales podrían definir nuevos objetivos de política monetaria fácilmente defendibles ante la opinión publica durante o después de la crisis. Si establecieran un compromiso previo para dulcificar posibles malos resultados ante amenaza de inflación o que el crecimiento sea decepcionante las expectativas de recuperación serian un estímulo eficaz ante cualquier caída.

De forma alternativa, subir el objetivo de inflación actual podría con el paso del tiempo subir los tipos de interés proporcionando margen de tiempo adicional al recorte de tipos. Los futuros estímulos fiscales podrían gestionarse mediante un incremento de los denominados “estabilizadores automáticos”, asignando más recursos a la prestación de desempleo, para evitar la recesión. La Eurozona podría relajar su política fiscal con estímulos adicionales.

En términos generales, tal y como nos recuerda The Economist, ha habido cuatro grandes recesiones globales desde 1980, al principio de la década de los 80, al principio de los años 90, en 2001 y en 2008. Cada una de ellas vino precedida por una caída en el crecimiento del PIB, una brusca caída en el comercio global, y un ajuste serio en el sector financiero. Según el centro de estabilidad financiera y economía conductual de la universidad de Harvard, en el periodo comprendido entre 1800 y 2016 una media anual de cuatro países sufrió una crisis bancaria. Entre 1945 y 1975, periodo con el sistema financiero estuvo altamente regulado, hubo numerosos ejercicios sin crisis bancarias, sin embargo, el periodo de desregulación financiera y liberalización de los flujos de capital emprendido por los sistemas bancarios nacionales en la década de los 70 generó la proliferación de crisis bancarias sistémicas que han agudizado las recesiones.

La acción preventiva supone que los políticos tomen la iniciativa (en contra de lo habitual) y acaso aumenten la regulación bancaria. La reciente volatilidad de los mercados financieros muestra que los inversores están nerviosos, pudiendo contar con poco margen de tiempo. La economía mundial podría enfrentarse a una nueva recesión -aunque el epicentro del seísmo esté ubicado lejos de Wall Street- sin estar preparada para ello.

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