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Virtudes privadas, vicios públicos

La economía es una ciencia social verdaderamente complicada, y las conductas individualmente adecuadas pueden devenir en problemas si se realizan de modo agregado. Tanto los tipos de interés demasiado bajos, como el ahorro o el consumo excesivos, pueden ser perjudiciales.

Tradicionalmente, los inversores han exigido remuneraciones suficientes para sus ahorros, pero desde la caída de Lehman Brothers los tipos de interés han permanecido por debajo de lo considerado históricamente como suficiente (a partir del 2%) y en EE.UU. son del 0%. Los mercados de derivados, por su parte, descuentan que los tipos continuarán en el entorno del 1% en junio de 2012.

En este contexto, los mercados presentan, en líneas generales, dos tipos de reacciones. Los alcistas creen que los inversores renunciarán temporalmente a la seguridad de la liquidez, y acudirán a comprar activos arriesgados (sobre todo porque, además, cada vez hay menos activos sin riesgo). El efecto neto nos resultará familiar, ya que los bancos centrales lo han contado a los mercados en numerosas ocasiones a lo largo de los últimos 25 años. Sirva citar las reducciones de tipos de interés a partir de las tormentas financieras de 1997, 1998, y 2001.

Los bajistas, por el contrario, creen que los tipos de interés tan reducidos son síntoma de desesperación en los bancos centrales, y un indicador más de que el crecimiento económico tardará en consolidarse, apostando agoreramente por la deflación y la estanflación. Afortunadamente, no todos aceptan el paralelismo con Japón, pero existe un cierto consenso internacional de que el crecimiento será lento, gracias a los prolongados efectos de la crisis financiera y el envejecimiento de la población, particularmente en Europa occidental.

Pero un periodo demasiado largo de tipos de interés bajos podría tener devastadoras consecuencias sobre los inversores, además de pervertir los incentivos de la economía de mercado. Tomemos como ejemplo las pensiones contributivas, su funcionamiento grosso modo es la acumulación de capitales para disponer de unos ingresos en el momento de la jubilación, por ejemplo, en forma de anualidad. Con tipos de interés bajos, aumentan el pasivo de los planes de pensiones, o dicho de otro modo, hace falta acumular un capital mucho mayor para disponer de un determinado nivel de ingresos.

Por ejemplo, las responsabilidades medias de los planes de pensiones en el Reino Unido han aumentado un 15% durante los últimos 3 años, simplemente por la reducción sufrida en la rentabilidad de los Bonos del Tesoro.

Además de ello, la deflación supondría un efecto perverso añadido a las pensiones. Si se diera, reduciría los ingresos nominales de aquellas empresas con capitales asignados para el pago de pensiones, sufriendo un gap adicional entre aportaciones y desembolsos. Frente a este riesgo, las gestoras pueden cubrirse en los mercados de derivados, pero estos últimos años, el coste de esta cobertura ha subido de forma vertiginosa, a medida que el peligro de deflación se antojaba menos peregrino.

Las consecuencias para las pensiones son claras: deberá reunirse más dinero para hacer frente a las obligaciones de futuros desembolsos. En otras palabras, deberá aumentar el ahorro privado destinado a tal fin.

Las externalidades de los tipos de interés bajos no pararán aquí, ya que son reducidos tanto en términos nominales como en términos reales, de forma que se dificulta acumular una determinada cantidad de dinero, dado que sus frutos se ven afectados por la rentabilidad de las inversiones. Así pues, el ahorrador deberá trabajar más. Aquí de nuevo, podríamos citar el caso japonés. Sus inversores han mostrado tal propensión al ahorro que estaban dispuestos a comprar deuda pública aunque sólo les ofrecieran rentabilidades del 1 o el 2%.

Según un estudio de Banco Baring, el 47% de las mujeres trabajadoras en el Reino Unido no dispone de ningún plan de pensiones privado, y un 22% de los adultos entre 55 y 64 años tampoco.

Verdaderamente, los países occidentales deben cambiar el chip. Si el mantra de los últimos 25 años era “pide prestado, y ya pagarás” en la próxima década podría ser “ahorra para poder endeudarte en el futuro”. En caso contrario, cuando numerosos europeos se jubilen se pueden encontrar con una amarga sorpresa.

Paradójicamente, ese ahorro complementario puede desincentivar el consumo, lo cual haría un flaco favor a la recuperación económica y retrasaría, a su vez, la subida de los tipos de interés, prolongando el desajuste.

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